Nevado de Toluca

México es un país con 60 % de territorio de montaña, por lo que la cosmovisión que subyace en torno a este elemento natural resulta de vital importancia tanto para la conservación cultural, como para la ecológica. Las montañas, al igual que los volcanes, no son sólo sitios que impactan por su belleza paisajística y por la altura de sus cumbres. Han sido también, para casi todas las grandes civilizaciones del orbe, un espacio misterioso donde por milenios enteros se ha unido lo mundano con lo sagrado; un límite sutil donde la tierra y el cielo se tocan en forma perceptible a nuestra vista.

 

Desde hace miles de años atrás, sobre muchas elevaciones ha tenido lugar un culto milenario, que con variables impuestas por el imaginario cultural de los distintos pueblos, la mayoría de origen prehispánico, han tenido como común denominador la sacralización a deidades o fuerzas sobrenaturales ligadas con la biodiversidad del entorno, entre ellas las de orden pluvial. Y es que, en efecto, ya con una influencia del pensamiento occidental, hoy se denomina a las montañas “fábricas de agua”, porque los recursos hídricos que se originan en ellas, a veces por deshielos de sus glaciares o por escurrimientos acuáticos en sus laderas, causados por la precipitación pluvial originada por los bosques que las cubren. Todo ello hace de las montañas sitios de recarga acuífera y de presentación de mantos freáticos que han abastecido a millones de seres humanos, habitantes de sus inmediaciones, del “líquido sagrado”, el agua.

 

Las montañas han sido también abastecedoras de oxígeno, carbono y ecosistemas con una amplia biodiversidad. Son, en síntesis, sitios proveedores de vida. Por lo tanto, su estudio y su conservación no es asunto que competa solamente a las ciencias exactas, sino también a las sociales y humanísticas.

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