Seminario Historia del Campesinado en México

El territorio que hoy compone a México como país ha estado históricamente habitado por una población mayoritariamente campesina. Todavía hacia 1921 la población rural1 era de diez millones y representaba el 68% de los habitantes, y hacia el año 2006, hubo un ascenso a veinticinco millones, pero representando ya solamente el 25% de la población total. Esta situación cuyas raíces son muy ancestrales ha dejado en la actualidad fuertes huellas económicas, sociales, culturales y políticas, por lo tanto su estudio es fundamental para entender la realidad nacional; por esta razón hemos elaborado este breve andamio sobre el campesinado mexicano, el cual tiene varios puntos de vista un sentido ampliamente vigente.

Seminario de historia y antropologia del

Si tomamos como principio el hecho de que los campesinos existen desde tiempos muy remotos y que siempre han formado parte de sociedades hegemónicas amplias y complejas, sus formas de organización a lo largo del tiempo, se definen en muchos sentidos por la relación que establecen con ese tipo de sociedades y son en consecuencia variables en función de los cambios que han presentado las estructuras dominantes en los diferentes momentos históricos. En términos generales se trata de labradores rurales cuyos excedentes han sido transferidos de muy diversas formas a los grupos dominantes para asegurar su propia subsistencia. Ante ello resulta que sus células propias de organización en pueblos comunidades, no deben mirarse como unidades aisladas, sino como parte activa y funcional de las estructuras macro históricas. Por otro lado, es importante señalar que las relaciones de las que venimos hablando han sido siempre de carácter simbiótico —asimétrico— (Wolf, 1978). Es decir, se han basado en la extracción del excedente y de la fuerza de trabajo de las comunidades campesinas, y en la dominación política de ellas como parte de sistemas más amplios fundados en la subordinación de las comunidades campesinas.

Tal situación en principio ha tendido a la destrucción de la economía campesina, a la paulatina incorporación de su población como fuerza de trabajo en las empresas de los sectores dominantes, y en la desposesión de sus medios de producción, fundamentalmente la tierra. Sin embargo, en las estructuras internas de los pueblos campesinos y en una necesidad múltiple y contradictoria que los sectores dominantes en los distintos tiempos históricos han tenido de ellas, es donde se encuentran los hilos que han conducido a la conservación y reproducción de los campesinos a lo largo del tiempo. Se trata de un “larvado proceso de descampesinización recampesinización”, que ha tenido como dinámica una noción compatible con el cambio, porque no es una mera repetición del pasado lo que le estructura y le da lógica, sino una constante reelaboración de este en función de los desafíos de cada presente vivido en la larga duración temporal. Esa dinámica ha venido desempeñando por otro lado un carácter totalizador. Independientemente de los cambios que les han ligado con las sociedades macroeconómicas, los campesinos han sido el único sector social que ha tenido la capacidad de alimentarse a sí mismos aunque sea a niveles de gran escasez.

 

Acaso todo esto explica esa impactante capacidad de sobrevivencia que marca su devenir, en el que lucha por la conservación de la tierra (el bien más codiciado desde el exterior) ha sido indispensable. Ahora bien, a pesar de las profundas variables de las que venimos hablando existen algunas constantes cuya adaptación a los tiempos hacen posible su estudio histórico y son las siguientes:

 

En primer lugar la unidad doméstica o unidad familiar que ha sido la célula social más pequeña dentro de las organizaciones campesinas, pero al mismo tiempo la unidad de producción fundamental. Los recursos para cubrir las necesidades de subsistencia y reproducción de la fuerza de trabajo futura, de pago de excedentes impuestos desde el exterior, y las obligaciones con la comunidad (en trabajo, especie o dinero), han sido producidos casi en su totalidad en el seno de la familia campesina. Dentro de ella todos sus miembros han venido trabajando en un sistema jerárquico que ha atendido sexo y edad y ha logrado una fuerte cohesión a través de mecanismos ideológicos propios tendientes a la reproducción de sus modelos socio-económicos que han operado a partir de relaciones simétricas, donde los recursos y el trabajo se han movido a partir de la lógica de reciprocidad o ayuda mutua.

 

La familia extensa no necesariamente ha sido la unidad de producción doméstica; esta podía estar integrada por varias familias nucleares cuyo consumo y trabajo no agrícola se realizaba en forma independiente. Pero si ha fungido como una unidad de cooperación estrecha y simétrica, puesto que a partir de ella se han distribuido recursos como la tierra y la fuerza de trabajo, y se han aportado servicios como préstamos en dinero o especie, ayuda a enfermos y necesitados, colaboración en el cuidados de niños y ancianos, etcétera. Todos estos apoyos han resultado vitales ante la existencia de reservas e ingresos permanentes. La familia también ha constituido una unidad de participación social, como por ejemplo los cargos en festividades de los calendarios agrícolas religiosas y los de la organización social de la comunidad.

 

El trabajo de las parcelas familiares ha sido un elemento fundamental, para entender la lógica de las unidades familiares, pero más fuerte aún son las lógicas de simetría y reciprocidad que operan en su seno. Cuando la tierra ha escaseado, se han desarrollado lo que se han llamado “las actividades conexas” cuyos resultados se han utilizado para el fortalecimiento de las lógicas que han signado la operatividad doméstica, y estas han cambiado determinantemente, en función de las variables en las estructuras dominantes de cada etapa de la historia de México. En la actualidad ante la gran escasez de tierra estas actividades diversas de cuyo producto se refuerza la lógica de las unidades domésticas, han llevado a clasificar a la familia campesina como pluriactiva (Grammont, 2006). En ellas la posesión de la tierra como medio propio de producción, aunque sea en muy baja escala es esencial, aunque la mayor parte de los recursos provengan de otras actividades, bien sea en el seno mismo de las comunidades o en actividades propias de la economía dominante.

 

Un segundo, pero prioritario aspecto a señalar es el que las familias campesinas no operan de manera aislada, deben entenderse en función de sus unidades mayores denominadas comunidades. Estas han venido operando en términos generales a partir de tres funciones básicas: ejercer un dominio corporado sobre el territorio, ser una unidad organizativa para la interacción entre individuos o familias que establecen funciones más o menos claras que oponen o singularizan al campesino respecto al exterior y constituir una unidad política con un cierto grado de autonomía (Warman, 1976).

 

Un tercer aspecto de caracterización general que queremos enfatizar. Es que las sociedades campesinas son sociedades de memoria, porque uno de los caminos básicos de su reproducción radica en la recordación de los orígenes. Sin embargo esta conservación del pasado tampoco es estática. Sus identidades son fenómenos cambiantes, sujetos por un lado a los flujos y reflujos internos, y por el otro, a las influencias que vienen del exterior. Hablando de esta constante forma de reproducir la memoria en pueblos de Europa, pero que creemos es aplicable a los mexicanos, el historiador John Berger (1989) nos dice lo siguiente:

 

La vida de un pueblo (rural), como algo diferente a sus atributos físicos y geográficos, es la suma de todas las relaciones sociales y personales que existen en él más las relaciones sociales y económicas —normalmente opresivas— que lo vinculan con el resto del mundo. Pero se podría decir algo semejante de las grandes ciudades. Lo que hace diferente la vida de un pueblo es que este es también un retrato vivo de sí mismo, un retrato comunal, en cuanto que todos son retratados y retratistas. Al igual que en la talla de los capiteles románicos, existe una identidad de espíritu entre lo que se muestra y el modo de mostrarlo; como si los esculpidos y los escultores fueran las mismas personas. 

 

Pero sin embargo, el retrato que cada pueblo hace de sí mismo, está construido con palabras vividas y recordadas: con opiniones, historias, relatos de testigos presenciales, leyendas, comentarios y rumores. Es un retrato continuo, nunca se deja de trabajar en él.

 

Por otro lado, los etnoecólogos mexicanos Narciso Barrera Bassols y Víctor M. Toledo (2008), proponen el concepto de memoria biocultural, para “intentar” comprender y captar la realidad campesina desde un punto de vista holístico es de decir como una parte del todo a partir de una posición metodológica y epistemológica que postula que los sistemas (ya sean físicos, biológicos, sociales, económicos, mentales, lingüísticos, etc.) y sus propiedades, deben ser analizados en su conjunto y no a través de las partes que los componen consideradas éstas separadamente. Dicho concepto quedaría de la siguiente manera definido: “La memoria de la especie humana es, por lo menos, triple: genética, lingüística y cognitiva, y se expresa en la variedad o diversidad de genes, lenguas y conocimientos o sabidurías. Las dos primeras expresiones de heterogeneidad de lo humano, que han sido lo suficientemente documentadas mediante la investigación genética y lingüística, permiten trazar la historia de la humanidad ubicándola en sus diferentes contextos espaciales, ecológicos y geográficos. La tercera, mucho menos explorada, sintetiza y explica esa historia al revelar las maneras como los diferentes segmentos de la población humana se fueron adaptando a la amplia gama de condiciones (especiales, concretas, específicas, dinámicas y únicas) de la Tierra”

 

En efecto es necesario integrar a las comunidades de raigambre indígena con conocimientos y tradiciones propias en los proyectos sobre historia y antropología para conocer sus problemáticas agroecológicas y culturales en un mundo globalizado, por lo tanto es pertinente acudir a sus sistemas tradicionales para comprender la complejidad que les caracteriza. Además, conocer sus cambios, continuidades y resistencias dentro del proceso histórico que las envuelve, porque estos pueblos, mal llamados pueblos sin escritura o ágrafos, tienen fundamentalmente una lógica mnemónica a partir de la oralidad y el ritual, que ha consolidado la memoria histórica de una familia, una comunidad y una identidad étnica fundamentada en el cosmos (creencias), en el corpus (conocimientos) y en la praxis (prácticas) vinculados con el paisaje y la naturaleza.

 

Desde la perspectiva anterior existe la necesidad de encontrar un equilibrio entre las distintas cosmovisiones de esos pueblos indígenas y el mundo real. Como consecuencia de ello la verdadera significación del saber tradicional no es la de un conocimiento local, sino la del conocimiento universal expresado localmente.